Luz roja encendida en el mundo árabe

09/Jul/2015

Clarín, Revista Ñ- Por Maha Yahya

Luz roja encendida en el mundo árabe

Es posible que la violencia desatada en los países árabes durante los últimos cuatro años resulte apenas una muestra de lo que vendrá. La escalada de brutalidad y las acciones de los gobiernos han puesto a los ciudadanos árabes bajo una enorme presión. De no producirse cambios, por supuesto, el resultado podría ser fácilmente más conflicto y una nueva oleada de levantamientos –esta vez no pacíficos.
Desde el fin de la Primera Guerra Mundial los países árabes no pasan por una agitación de tanta fuerza. El conflicto estalló en no menos de nueve países árabes, y la carnicería ha alcanzado niveles de inhumanidad fuera de lo imaginable. Las tensiones crecen incluso en países que están nominalmente en paz. Los sistemas de valores tradicionales están debilitándose, y los cimientos sociales que una vez fueron sólidos se están resquebrajando.
Los enfrentamientos en Siria, Irak, Sudán, Libia y Yemen han desgarrado a comunidades enteras. La limpieza étnica perpetuada por el Estado Islámico ha revertido siglos de intercambios religiosos, étnicos y culturales, y forzado al exilio a cerca de dos millones de personas. En efecto, si bien Medio Oriente y Africa del Norte albergan apenas el 5 % de la población mundial, ha producido más de un tercio de sus refugiados. Sólo en Siria, 11 millones de personas han sido desplazadas a la fuerza dentro y fuera del país.
Estos movimientos de población exacerban tensiones sociales preexistentes en el mundo árabe. En Líbano, la llegada de más de un millón de sirios ha encendido la preocupación de que el equilibrio entre las sectas del país pueda ser alterado, minando su frágil sistema político.
Estas enormes agitaciones demográficas están transformando la identidad social y política de la región de manera irrevocable. En efecto, en toda la región, facciones enfrentadas confían en sacar provecho de las políticas de identidad sectaria para movilizar su apoyo, polarizando aún más a las poblaciones con criterios religiosos, étnicos e ideológicos. Arabia Saudita e Irán usan las divisiones internas de Yemen, que provienen de sufrimientos históricos, políticos y socioeconómicos, en la guerra subsidiaria que mantienen allí, presentando el conflicto como una manifestación del histórico antagonismo Sunita-Chiita. También en países que no están en guerra las perniciosas políticas de identidad se vuelven cada vez más comunes y aceptadas. En Egipto, por ejemplo, el público ha favorecido el brutal endurecimiento en la Hermandad Musulmana y sus seguidores islamistas.
Estas convulsiones están empobreciendo más a los países árabes y limitando las oportunidades venideras para sus ciudadanos. Unos 21 millones de niños árabes no están en la escuela, y más de 50 millones de árabes son considerados pobres. En Siria, el 80% de la población no es capaz de satisfacer sus necesidades básicas. En Yemen, más de un tercio de la población –unos 11,5 millones de personas– sufrió de inseguridad alimenticia antes del conflicto. Otros dos millones se han añadido desde entonces a la cuenta.
Esta agitación creó un terreno fértil para una juventud militarizada y radicalizada. Túnez, la celebrada historia exitosa de los levantamientos árabes, contribuyó con el mayor número de combatientes al Estado Islámico –un número estimado en 3.000 personas, mayormente jóvenes. Evidencia anecdótica muestra que muchas de las facciones en los distintos conflictos usa a niños para combatir sus guerras. En Yemen, cerca de un tercio de los combatientes son niños. El Estado Islámico se jacta de estar entrenando a niños para futuras batallas.
Antes que aliviar la insatisfacción o buscar la reconciliación, los gobiernos árabes están usando fuerza bruta para eliminar todo espacio de disenso o debate. En el nombre de la seguridad nacional, los ciudadanos son despojados de su nacionalidad, los manifestantes son baleados en las calles, y miles son detenidos arbitrariamente. En Egipto, el peligro merodea las plazas, universidades, estadios de fútbol, hasta los baños públicos, con servicios de seguridad efectuando detenciones de entre 22.000 a 41.000 ciudadanos el último año.
La tortura y las desapariciones forzadas también están extendidas. En Siria, se dice que 85.000 individuos han desaparecido desde el comienzo del conflicto. Otros 12.000 han sido brutalmente torturados. Privar a ciudadanos de procesos democráticos formales es empujar el descontento político a las sombras, donde corre el riesgo de militarizarse. En Egipto ha habido crecientes llamados a respuestas más violentas y radicales para la represión del gobierno. En Jordania y Marruecos, las autoridades se enfrentan a un creciente desafío de contener las tendencias militantes. En efecto, como los líderes políticos prefieren la represión militar en lugar del compromiso, van a ceder cada vez más terreno a grupos como Estado Islámico, las únicas entidades en la región que ofrecen una visión de futuro –aunque brutal y regresiva.
En este momento, un fin a las actuales hostilidades en Siria, Irak y Yemen requiere un consenso nacional, regional e internacional. Sin embargo, evitar más violencia en la región va a requerir que los gobiernos vuelvan a lo básico, introduzcan procesos políticos inclusivos, terminen con la violencia legitimada por el Estado, aseguren los procesos jurídicos correspondientes, y aborden las injusticias socioeconómicas.
Obviamente, se trata de un verdadero reto. La escala de los desafíos requiere una forma de pensar audaz, iniciativas valientes, e ingenio en los líderes políticos y de desarrollo, nacionales y regionales. De otro modo, la violencia devorará la región y aún mucho más.
Maha Yahya es senior associate en el Carnegie Middle East Center.